Cómo ser optimista ante la vida

La conocida pregunta de si el vaso está medio lleno o medio vacío es una de las más socorridas cuando de pensamiento positivo o negativo se trata. Tradicionalmente, se ha dicho que quien escoge la primera opción es una persona optimista y que quien selecciona la segunda, es pesimista. Más allá de los resultados de […]

Si eres optimista, verás este vaso medio lleno.
Si eres optimista, verás este vaso medio lleno.

La conocida pregunta de si el vaso está medio lleno o medio vacío es una de las más socorridas cuando de pensamiento positivo o negativo se trata. Tradicionalmente, se ha dicho que quien escoge la primera opción es una persona optimista y que quien selecciona la segunda, es pesimista.

Más allá de los resultados de este “examen”, lo cierto es que la visión que tengamos acerca de los sucesos que ocurren a diario en nuestras vidas da la medida de cómo somos realmente: de qué manera nos enfrentamos a los problemas, con qué actitud los valoramos, de qué modo intentamos resolverlos…

Una persona optimista no se amilana ante las dificultades, no se preocupa anticipadamente, no tira la toalla. Una pesimista, en cambio, se enfoca en lo peor, se inquieta de antemano y se cree víctima de todo. Es el tipo de individuo que “se ahoga en un vaso de agua”.

Más que una conducta innata, ser de uno u otro modo es una cuestión de hábito, opinan especialistas. Significa que tanto la actitud negativa como la tendencia a la fatalidad presentes en los pesimistas se pueden cambiar. Si eres uno de ellos, sólo tienes que dar el paso hacia una nueva forma de ver la vida.

Para empezar, entiende que todos estamos sujetos al sufrimiento y el dolor. Eso forma parte de la existencia, inexorablemente. La clave está en saber encararlos, en pensar que todo está bajo control, que todo saldrá bien. Pensar de ese modo te hará más fuerte ante la adversidad.

También debes aprender a lidiar con las preocupaciones cotidianas, a las que deberás ver más como un reto que como un problema. Enfréntalas con “mente fría”, determina cuáles tienen solución y cuáles no, y enfócate en resolver las que realmente tienen remedio. El resto no vale la pena.

Igualmente importante es que te despojes de ciertas expresiones, como “nunca”, “siempre”, “todo” y “nada”. Generalizar es una mala práctica porque la vida no viene en blanco y negro; ya se sabe que tiene sus matices. Y muchos. Aléjate también de frases pesimistas como estas: “siempre me sucede a mí”, “yo sabía que me iba a pasar”, “tengo muy mala suerte”, entre otras.

En su lugar, enriquece tu vocabulario con expresiones positivas del tipo “todo es posible”, “ya encontraré la solución”, “tengo fe en que saldré de esto”, “puedo controlarlo muy bien”, “siempre hay una salida”, y así por el estilo.

En el camino por volverte optimista, rodéate de personas entusiastas y emprendedoras, y aléjate de las “tóxicas” y apáticas. Lo bueno, como lo malo, se contagia, así que no te conviertas en el “cesto de basura” de nadie, lleno de quejas y lamentaciones.

Como ves, ser optimista es más fácil de lo que piensas: sólo tienes que creértelo y empezar a ver el vaso medio lleno. Porque medio lleno está.

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